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Hay gente que se pregunta para qué servirá publicar tanta foto en esos servicios de alojamiento gratuito como Flick, Picasa, etc. Mientras tanto hay otra gente que ya se ha respondido. En la Universidad de Washington, por ejemplo, ya tienen en marcha tres proyectos distintos de tratamiento mecanizado basados en "colecciones de fotos de la comunidad". Uno busca explorar grandes colecciones de fotos en forma tridimensional mediante una herramienta -que no pude ver funcionar- que construye una imagen tridimensional simplificada de un cierto lugar y a partir de ella navegan por las colecciones, lo llaman fototurismo. En otro, realizan una síntesis de información de un conjunto de fotos de un lugar (en el artículo (PDF), el Panteón romano) y basándose en la frecuencia, disimilitud y cobertura de la imagen hacen una selección de baja o ninguna redundancia que sumariza el sujeto al estilo de las guías de viaje.
Harto más interesante, el otro proyecto reconstruye digitalmente formas tridimensionales de cualquier objeto o edificio del cual haya muchas imágenes. El artículo que expone el algoritmo utilizado (PDF) compara la precisión de este método con el de exploración láser concluyendo que el resultado es casi igual. En el ejemplo que muestro, de la Venus de Milo, con sólo 129 fotos de Flickr se nota que le falta algún desarrollo, como eliminación del fondo y límites de la forma, pero quizás se trata simplemente de pocas fotos distintas. Es evidente que el proceso de digitalizar el mundo (o al menos su imagen) está en desarrollo y en este caso ni siquiera deben contratar a nadie para obtener los datos iniciales: están al alcance de todos.

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Una de las mejores cosas que puede leer quien tiene ese particular gusto por los mapas es Strange Maps; siempre resulta interesante. Hace poco reseñó un artículo de Wired que su autor Brandon Keim titula 'Los mapas planetarios más hermosos' y que refiere a un sitio de la NASA en el que publicaron mapas geológicos de los planetas (y algunas lunas) que fueron realizados entre 1971 y 1998. Pero el descubrimiento -o descontextualización- es realmente de Keim porque el sitio está allí desde hace años, pero su navegabilidad no es la mejor: a partir de un plano pobrísimo de cada astro se puede acceder a una o dos versiones en PDF de sectores que por supuesto son más desconocidos para uno que los políticos de Nepal, así que la búsqueda es prácticamente a ciegas. El mérito de Keim es justamente haber tenido la paciencia de revisar los mapas y extraer unas muestras que realmente se pueden estimar como bellas, comparables al menos con los cuadros de Pollock y algún otro artista (para quien así lo considere).
La imagen de arriba representa una mitad de Mercurio, y para todos los efectos prácticos se trata de un cuadro (bueno, un semicírculo) abstracto. No tenemos idea de qué puedan significar los colores ni las formas, y sin embargo, es de suponer que cada color y cada línea reflejan alguna característica física del planeta. Será entonces que la diferencia entre figurativo y abstracto no es más que la cantidad de información que manejamos sobre un asunto...
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En la continuada carrera de los megapixels una compañía italiana acaba de publicar una gigantesca imagen de La Última Cena de Leonardo, restaurada hace poco. Esta foto tiene unos escandalosos 16.000 millones de puntos: 172.181 x 93.611; aunque la resolución real es de 500 puntos por pulgada o 200 por centímetro, pero el resultado se debe al tamaño de la pieza, casi cinco metros de alto por nueve de ancho.
Esta imagen me ha ahorrado una cantidad importante de plata (que igual no iba a gastar) porque ya no hace falta ir hasta Santa Maria delle Grazie para apreciar la obra en profundidad. El grado de detalle es casi microscópico y permite ver con claridad todos los aspectos que han dado pie a tantas interpretaciones esotéricas. Sin embargo, una de las cosas que requeriría explicación y nadie comenta es cómo se aguantaría el ruido en el cenáculo a la vista de la cantidad de gente que habla simultánemente.
El fragmento de arriba permite finiquitar la idea de que el apóstol malencarado está insultando a Jesús, claramente se observa que el dedo que muestra es el índice.
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Por vía de Paleo-future veo la noticia de unas fotos de la Feria Mundial de Montreal en 1967 que me han cautivado por razones que se irán haciendo notar. Cada foto antigua tiene un encanto, pero en particular me llama la atención las de los años sesenta o un poco antes, porque retratan un mundo no tan congestionado, justo cuando empezaba a hacer implosión. La luz, los cielos, son semejantes a los de las películas de la misma época, así que supongo que esta visión edulcorada se debe a la técnica del registro fotográfico (no sé si será technicolor o ectachrome, o qué se yo).

Luego, Gustavo me comenta de un viejo album que consiste en retratos de una misma mujer, aparentemente del área de Chicago, desde que tenía un año en 1938, hasta ya mayorcita, probablemente en los años ochenta.
En ambos casos, las fotos son escaneadas de álbumes comprados en la calle, o dicho de otro modo, quienes publican las fotografías tienen poca idea o ninguna de quién las tomó e incluso de qué se trata. En el primer caso, el usuario de Flickr que compró el album y publicó las fotos supone que fueron tomadas por Lillian Seymour, que aparece en algunas. Ahora bien, en estos días he estado muy ocupado recuperando todas mis fotos, tanto de diapositivas como de negativos que afortunadamente tenía medio clasificados y en la mayoría de los casos con fecha (año y mes), pero resulta que hay gente que ¡está comprando viejas fotos para escanearlas y hacerlas públicas!
Es bien sabido que nunca se han tomado tantas fotografías como en los días que corren; millones y millones de fotos de cualquier cosa, muchísimas de las cuales son publicadas y accesibles fácilmente. Si a esto sumamos la cantidad de fotos tomadas antes del advenimiento digital es casi inconcebible el volumen de imágenes que van a estar disponibles... afortunadamente, las fotos viejas no van a crecer en número; no se pueden tomar más de las que fueron tomadas, sólo se podrán encontrar o perder.
Quizás por esa razón es que me atraen tanto las viejas fotografías. Una foto descontextualizada es un reto para la observación: ¿cuándo fue tomada? ¿quién o qué es eso? ¿dónde es? Incluso cuando se conoce el sitio y la fecha puede ser un misterio el sujeto; o, como me ha pasado, sabemos quién es el sujeto (un hijo, una tía, un abuelo) pero aparentemente no hay manera de saber cuándo y dónde fue tomada la imagen. Además, el hecho de que una foto antigua es un testimonio bastante crudo de una época hace que adquieran un valor adicional, más importante que la propia calidad del dibujo de luz o el contraste, etc.
Algo así contaba hace unos años refiriéndome al viaje por Oriente de Fèlix Bonfils a finales del siglo XIX. Las fotografías de Bonfils que se consiguen en algunos sitios realzan eso, valen más por viejas que por su calidad fotográfica (que además es muy buena). Para ejemplo, esta imagen de la acrópolis ateniense que de seguro añoran los habitantes actuales de la ciudad, rodeados de automóviles en lo que entonces era claramente un zona rural.

O esta otra vista del sector sur de Jerusalén que por supuesto está totalmente tapizado de casas, edificios y asfalto actualmente. Aparece la mezquita Al Aqsa, asiento del templo de Salomón según alguna de las múltiples teorías que hay al respecto.

Y mejor cambio porque es muy fácil seguir con las fotos de Bonfils y quedarse en eso. Caso aparte es el del famoso Sergei Mikhailovich Prokudin-Gorskii, autor de las primeras fotografías en color, famoso principalemente por una exposición en la Biblioteca del Congreso (USA) en la que recuperaron o más bien reconstruyeron sus fotografías a partir de los negativos y que son i-m-p-r-e-s-i-o-n-a-n-t-e-s, como ésta de las montañas de Dagestán, en la que se aprecia la yuxtaposición de los tres negativos ya digitalizados (en este sitio se consiguen las 1900 fotografías, procesadas automáticamente aunque ni la calidad ni la resolución son tan buenas).

Después de haber recuperado unas siete mil fotografías, con bastante trabajo por cierto, me pregunto si no hubiera sido mejor esperar hasta que algún heredero las pusiera a la venta y algún alma fotocaritativa las escaneara evitándome todos estos días de ardua labor. En cualquier caso, ya está hecho. Para seguir en la misma onda y apuntalar el argumento, coloco esta vista de Maracay, de junio de 1977, tomada desde el cerro que llaman 'de los 10 tesoros', cuando todavía era una ciudad medianamente vivible; era un día normal, esto es, el aire lleno de vapor así que no es muy buena la vista (sin contar con las numerosas afecciones de la diapositiva original) pero sirve para apreciar la zona central de la ciudad que como siempre le da la espalda al lago. Incluso se puede notar la avenida de "las ballenas" que estaba recién construida, supongo (es la línea gris que viene hacia las montañas). En esa época se podían contar los edificios altos (bah, también se podía recorrer de punta a punta en diez minutos).

(Creo que nunca había hecho una nota tan larga, espero que eso compense por los días que he estado desaparecido...)
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En diciembre de 2003 se publicó la primera fotografía digital de un gigapixel, que es decir de 40.784 por 26.800 puntos, una vista del Gran Cañón del Colorado. En noviembre de 2004, apareció una de 2 gigapixel y medio, panorámica de la ciudad de Delft. Como ya se me ha hecho costumbre ser reportero de esta carrera interminable, me toca comentar el nuevo record: una panorámica de 180 grados de Harlem (New York) que alcanza los 13 gigapixels, con 279.689 por 46.901 puntos. Aquí se puede ver una parte (unos 60 grados) de la imagen.

Allá, al fondo, tras el cuadro púrpura, se pueden ver dos edificios similares. La imagen de abajo muestra en su tamaño real parte del sector encerrado en el cuadro.

Este es el resultado de 2045 fotografías de 12 megapixels cada una y de un procesamiento intensivo de dos días. No sé por qué, pero es seguro que pronto aparecerá otra fotografía gigantesca y mayor.
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Scott Howard tomó esta gitantesca fotografía de Machu Pichu (vía Menéame) después de caminar 42 kilómetros cargado con más de 10 kilos de equipo, según cuenta. Tomó 404 fotografías en cosa de una hora y después de 11 horas de procesamiento la puso a disposición pública. Para poder apreciar la magnitud de esta foto, de unos 60.000 x 26.000 puntos, podemos ver la vista general:
Y cuando se amplía un sector se pueden apreciar detalles impresionantes, como esta gente dentro del cuadrito lila que marqué arriba. Con la proliferación de estas inmensas fotografías el problema es el almacenamiento: esta ocupa más de 35 gigabytes.
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En algún sitio vi el enlace a una exposición internética de retratos realizados por Henri Cartier-Bresson, que vale la pena ver. Se trata de tres series de más de veinte retratos cada una. La mayoría es de personajes connotados (el Che, Camus, Sartre...), alguna que otra de gente sin nombre, pero todos retratos excelentes. Copiar alguno para el recuerdo me hizo notar que he venido recopilando alguna que otra imagen de las que van surgiendo en la red y me parece que algo dice de uno la selección espontánea de estos retratos; así que, ya puesto en eso, compongo este montaje con algunos (quizás haya que ampliar la imagen para apreciar mejor). Por la misma espontaneidad de la colecta no dispongo de las direcciones de donde proceden las fotos, y espero que sus autores originales no se vayan a molestar por incluirlas en este grupo (no se sabe cómo se llevan las imágenes -ni los personajes- entre sí).
De arriba a abajo y de izquierda a derecha: Agnetha Fältskog, Denys Arcand, Bertrand Russell, Charles Darwin, Sigmund Freud, Joan Manuel Serrat, Carl Jung, Édith Piaf, Quino o Joaquin Lavado, Sofocleto o Luis Felipe Angell, Tzvetan Todorov y Paul Valéry. Las de Piaf, Jung y Valéry pertenecen a Cartier-Bresson.
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